La doble travesía personal y profesional de los periodistas venezolanos en España
Al mudarte a otro país comienzas prácticamente de la nada. Volver al punto cero cuando eres inmigrante significa enfrentarte a un abismo doble: el encaje profesional y el encaje emocional con un nueva realidad y cultura. Tu red profesional, familiar y de amigos se queda atrás. Si eres venezolano, esa diáspora obligada fractura tu comunidad y la dispersa por el mundo.
Sin embargo, esto tiene sus bemoles. La migración venezolana en las últimas dos décadas ha registrado varias oleadas masivas importantes. Los que llegamos en los primeros años de la segunda década del siglo -infiero- lo hemos tenido peor. Esto puede haber cambiado en los últimos años porque la población de venezolanos en España ha crecido exponencialmente, superando las 400.000 personas hacia finales de 2025, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística, posicionándose como una de las principales comunidades extranjeras. Las redes de venezolanos son más robustas, hay gente que ha logrado conectar bien, que ha echado raíces en territorio español y ha conseguido emprender en diferentes áreas.
Hace diez o quince años la realidad era otra. Una vez acá, caías en cuenta de que no conoces a casi nadie y, lo que es peor, nadie te conoce a ti. Eras un nombre sin pasado en un país que no te registraba.
Debías comenzar a tejer nuevas redes profesionales, de amigos y, si se puede, familiares, en un sector —el periodismo— que ya estaba en crisis en España y el mundo. Las plantillas de los medios tradicionales estaban saturadas, echaban gente a la calle o adelgazaban hasta el hueso de su operatividad. Un conocido diario nativo digital me ofrecía 10 euros por artículo; casi un insulto.
La profesión también se ha rodeado de competidores, leales o desleales: redes sociales, influencers y, de unos años hacia acá, la inteligencia artificial. La verdad, ese objetivo irrenunciable del periodismo, también se ve amenazada y trastocada. Se necesitan más confirmaciones, más rigor, pero lo que cunde en redes sociales va en otro sentido: abundan los bulos y las fake news.
Y si eres sénior, en un país donde la tasa de desempleo de mayores de 50 años aumenta año tras año, la película puede llegar a ser aún más sombría. En España es crítico: en los últimos 25 años, los mayores de 45 años han pasado de ser el 26% de los parados a ser casi el 60%. Un perfil de periodista, emigrante y sénior lo que consigue son puertas cerradas, algoritmos que descartan automáticamente su CV (léase: experiencia y conocimiento) y una profesión precarizada aunque resiliente ante las muchas amenazas externas.
En ese contexto ha tocado intentar recolocarse en el mercado. Pero no es nada fácil. Mientras validas tu título con la esperanza de que en algún momento puedas ejercer la profesión para la que te formaste, exploras áreas más o menos afines a la comunicación siendo el marketing lo más demandado. Haces algún curso o dos, y te estrellas contra una realidad cínica: eres un sénior del periodismo y un junior del marketing. No tienes experiencia que mostrar en ese campo y cuesta muchísimo entrar a través de aplicaciones como LinkedIn o Infojobs; todo está saturado. Compites con más de cien aspirantes por un puesto que ofrece poco más del salario mínimo interprofesional.
Admiras a quienes han logrado dar el salto, hacer el cambio y meterse en otras áreas. Te escrutas sin remordimiento. De algún modo te justificas. Eres periodista de raza y estás hecho de un barro diferente. Tu compromiso es otro, tu misión no es esa.
Y sigues explorando nuevos campos porque de algo tienes que vivir. Lo intentas con oficios "menores" o "no cualificados": dependiente en una tienda, sirviendo mesas en un restaurante, atención al cliente. Oyes mucho aquello de "reinventarse" y lo intentas. Alguien te sugiere que busques ayuda en el ayuntamiento. Una funcionaria te revisa el currículum y te lo reorganiza: "Elimina esto, limpia aquello, borra esta fecha, no pongas foto ni fecha de nacimiento; no envejezcas tu perfil". Todo muy limpio. Es así como te enteras de la existencia de los ATS, algoritmos que escanean tu currículum antes que cualquier reclutador humano y te descartan como si fueras una fruta podrida.
Acumulas postulaciones. En un mes sumas 20, 30. No te responde ni el 90%. Te quedas esperando que te digan, al menos, que lo vieron. No ocurre. Eres una de las muchas víctimas de lo que actualmente denominan ghosting. En alguna ocasión te llega un mensaje automático que te dice que has quedado descartado pero que lo sigas intentando más adelante.
Un amigo periodista te recomienda que pases página, que te conviertas en asistente de personas mayores o celador de hospital. Te das cuenta de que no tienes esas herramientas, que sería el sitio equivocado. Renuncias a ir por ese camino.
Otro te dice que a tu edad, y en periodismo, no te contratarán nunca. Que busques empleo público. Revisas las convocatorias de oposiciones aquí en Cataluña y te topas con otra barrera: en casi todas te exigen -lógicamente- un nivel de catalán altísimo, C1 o C2. Lees una noticia sobre los diez perfiles profesionales más demandados para 2026 y el tuyo no aparece ni remotamente. Es un oficio en crisis y, en un arrebato de rabia, no te explicas cómo ni por qué siguen formando periodistas. Resulta imposible no decepcionarte, no abrigar la duda, no pensar que tal vez debiste haber estudiado otra carrera.
Reconectas con tu red, aquella antigua red que te trajiste en la maleta, y le envías un mensaje pidiendo auxilio porque se acaba el dinero y hay que pagar las cuentas. Antiguos alumnos de la universidad —porque diste clases de periodismo durante 17 años y formaste a muchas promociones— se conduelen y te enganchan a pequeños proyectos puntuales, de edición, con fecha de caducidad. A todo dices que sí, porque lo necesitas. No tanto por el dinero, que también, sino por mantenerte activo y sentir que vales y que tu profesión y tu pasión tienen un sentido.
A veces recuerdas que fuiste reportero, ganaste premios, escalaste posiciones y llegaste a ser coordinador de páginas, luego jefe de una, dos, tres, cuatro secciones; que te llamaron para hacerte responsable de un relanzamiento web o para asumir la dirección de un medio digital. Que un día, en Madrid, recibiste una llamada desde Miami para un trabajo en el que permaneciste más de ocho años. Que te enviaron a hacer grandes coberturas internacionales como enviado especial.
Ahora hurgas en las páginas de empleo buscando la ventana, el resquicio. Aprendes inteligencia artificial. Haces algunos trabajillos por 25 o 30 euros dedicando cuatro o cinco horas diarias a que una máquina aprenda a pensar, razonar y escribir.
Tus amigos españoles, catalanes, conocen por la situación que estás pasando y siempre te envían enlaces de medios nativos buscando gente con tu perfil: periodista, que entienda la escena internacional, tenga autonomía y rigor, escriba bien y rápido. Tienes alguna entrevista con los responsables que termina siendo más larga de lo previsto porque ellos quieren saber más de todo lo que has hecho; llegas a hacer una prueba y sales esperanzado porque la has hecho muy bien, pero pasan los días y las semanas, y lo único que recibes nuevamente es el ghosting.
Atrapado en el laberinto de la búsqueda de salida laboral te planteas fugazmente volver a tu país. Pero ¿volver a dónde? Un país en el que la profesión es atacada y amenazada a diario, perseguida y denigrada por el poder, donde no hay libertad plena de expresión, donde la señal de televisión y radio está controlada absolutamente por el régimen; donde impera la censura, la autocensura y las amenazas a quien cuestione, critique o levante su voz propia. Un lugar donde ha habido en el último año cerca de 20 periodistas presos y decenas de medios clausurados, y los agentes policiales revisan los móviles de la gente -ciudadano común- a ver qué mensajes comparten en sus redes sociales. ¿A ese lugar quieres volver?
Recuerdas que todos -todos- los colegas del medio Armando Info, dedicado al periodismo de investigación, debieron salir del país bajo amenazas de juicios penales y cárcel por retratar la corrupción y señalar con nombres y apellidos a sus responsables. Que los amigos que trabajan para la prensa extranjera (principalmente en Colombia, España y Estados Unidos) pero viven en Venezuela también lo hacen caminando por el filo de la navaja porque conocen muy bien los riesgos a los que se exponen.
Estás agotado mentalmente. Intentas no caer al precipicio. Te mantienes físicamente activo. Escribes, escribes y escribes para no enloquecer. Esperando que algún día se abra de nuevo la puerta y regreses a lo tuyo, a tu esencia, a vibrar con la noticia. Es largo y pedregoso el camino, pero tienes alguna esperanza de que todo vuelva a su cauce.
Muchas gracias*
*Ponencia del día 18 de marzo de 2026 en el evento "Panorama actual de los periodistas venezolanos en el Estado español" en el Colegio de Periodistas de Cataluña bajo la coordinación de TorrentsPR y Venezuelan Press Barcelona.
Foto: Leonardo Hernández

