Pantelis Palamidis: la música como patria portátil
Su obra demuestra que la identidad no es una frontera, sino una conversación permanente entre los lugares que habitamos y aquellos que nunca abandonamos del todo
Hay artistas que crean obras, Pantelis Palamides, además, rescata memorias. Compositor, documentalista y promotor cultural, ha dedicado buena parte de su vida a demostrar que la música puede unir países, generaciones e identidades. Entre Grecia, Venezuela, Estados Unidos y Cataluña ha construido una trayectoria donde el arte se convierte en un puente permanente entre culturas.
La entrevista con Pantelis Palamides tuvo lugar en un momento especialmente significativo de su trayectoria. Aquel mismo día, este compositor greco-venezolano presentó el documental dedicado al maestro catalán-venezolano Alberto Grau, una de las figuras más influyentes de la historia coral venezolana. Apenas una semana antes había estrenado en Barcelona Cantares con Duende, un proyecto musical que devuelve a la escena los versos de Federico García Lorca convertidos en canción.
Lejos de tratarse de hechos aislados, entre aquel homenaje a Grau y el regreso de Federico García Lorca se dibuja una misma historia: la de un hombre que ha hecho de la música una forma de gratitud y encuentro entre culturas.
Pantelis Palamidis emerge como un guardián de la memoria artística. Alguien que crea nuevas obras mientras rescata las voces que lo formaron, convencido de que la cultura solo permanece viva cuando se comparte, se recuerda y vuelve a cantarse.
Cuatro países y una misma identidad
Aunque nació en Grecia, Palamides vivió allí apenas durante su primera infancia y una breve etapa posterior. El resto de su vida ha transcurrido entre Venezuela, Estados Unidos y Cataluña.
"La cultura griega estuvo siempre presente en la casa", recuerda. Se hablaba el idioma, llegaban periódicos y revistas enviados por familiares, circulaban libros y sonaba constantemente la música de aquel país mediterráneo.
Fue precisamente dentro de la comunidad griega en Venezuela donde comenzaron sus primeras experiencias culturales. Participó en montajes teatrales, recitales poéticos, grupos de danza y actividades destinadas inicialmente a preservar la identidad de los inmigrantes.
Con el tiempo surgió una pregunta decisiva: ¿cómo compartir aquella riqueza cultural con su nueva patria? La respuesta consistió en llevar esa tradición al español para que pudiera dialogar con la sociedad venezolana que ya sentía como propia.
La integración fue natural. Mientras en casa se conservaban las raíces helénicas, en las calles, escuelas y universidades abrazaron la cultura venezolana. Esa doble pertenencia terminaría convirtiéndose en una de las claves de toda su obra.
El ingeniero que sostuvo al músico
Palamidis desarrolló una sólida carrera profesional como ingeniero y administrador. Durante años ambas vocaciones convivieron en paralelo. La ingeniería proporcionaba estabilidad económica; la música ofrecía sentido, pasión y libertad creativa.
La confesión está lejos de sonar a resignación. Más bien refleja una decisión consciente. Mientras muchos artistas debían adaptar sus propuestas a las exigencias del mercado, él conservó la libertad de crear aquello que realmente le interesaba.
No le atraía el formato del repertorio repetido o de la simple recreación de éxitos ajenos. Sus conciertos debían tener un propósito, una idea rectora, un diálogo con la historia, la literatura o la memoria colectiva.
La poesía convertida en canción
Ese propósito encontró pronto un territorio privilegiado: la poesía. A lo largo de décadas, Palamidis ha construido un verdadero cancionero paralelo de la poesía en español y en griego. Su obra dialoga con autores tan diversos como Federico García Lorca, Pablo Neruda, Otto René Castillo, Pedro Mir, Francisco Matos Paoli, Sor Juana Inés de la Cruz, San Juan de la Cruz, Nicolás Guillén y Derek Walcott.
Del lado griego aparecen nombres fundamentales como Konstantino Kavafis, Yorgos Seferis, Odiseo Elytis y Kostas Várnalis.
Lejos de limitarse a musicalizar versos, busca descubrir resonancias ocultas entre culturas aparentemente distantes. Su trabajo revela que la nostalgia, el amor, el exilio, la libertad o el deseo hablan idiomas distintos pero comparten una misma emoción humana.
Uno de los ciclos que recuerda con especial afecto está dedicado al poeta guatemalteco Otto René Castillo que descubrió tras un regalo hecho por su esposa la periodista venezolana Coromoto Galvis. La historia lo cautivó desde el principio. "Me impactó esa tensión entre la vida íntima y el compromiso con la patria", explica.
Aquellos poemas se convirtieron en el primer ciclo completo de canciones que compuso. Después llegaron otros autores, sin embargo, una figura destacada en su trayectoria y es la del español Federico García Lorca.
Lorca, Grecia y el duende
Si existe un hilo conductor capaz de unir las distintas geografías de la vida de Pantelis Palamidis, ese hilo lleva el nombre de Federico García Lorca.
Este año se cumplen noventa años del fallecimiento del poeta granadino, ocurrido en agosto de 1936. El compositor homenajeó al poeta con un concierto en la prestigiosa Real Academia de Artes Catalana presentando, por primera vez en España, sus creaciones musicales con letra del poeta.
Pero la relación con Lorca comenzó mucho antes. Su origen se encuentra en los teatros de Caracas. Allí, su hermano y destacado director teatral, Costa Palamidis dirigía montajes de obras como Bodas de sangre y El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Para aquellas producciones necesitaba música original y acudió a Pantelis. Lo que comenzó como una colaboración teatral terminó convirtiéndose en una investigación artística de varias décadas.
Sin embargo, Lorca llegó a él también por otro camino: Grecia. Durante su juventud descubrió que algunos de los compositores más importantes de la música griega habían musicalizado poemas del autor español. Figuras como Mikis Theodorakis o Manos Hadjidakis habían trabajado sobre traducciones realizadas por poetas de enorme prestigio, entre ellos el premio nobel Odiseo Elytis.
Aquellas versiones respetaban cuidadosamente la métrica y el ritmo de los versos originales. Cuando las cantaba en español, la música parecía haber sido compuesta directamente para los poemas de Lorca. "Encajaba perfectamente", recuerda.
De esa manera nació un diálogo artístico excepcional entre Granada y Atenas, entre la tradición mediterránea y la sensibilidad hispanoamericana que marcaría buena parte de su producción posterior.
El reciente estreno de Cantares con Duende en la Real Academia Catalana de Bellas Artes representa precisamente ese largo viaje creativo. Una obra nacida entre escenarios caraqueños, alimentada por influencias griegas y presentada finalmente en la tierra que vio nacer al poeta.
Venezuela: la edad de oro
Cuando se indaga en los períodos más significativos de su trayectoria cultural, la respuesta llega sin vacilaciones. "La parte más importante de mi carrera en la cultura fue en Venezuela". No habla únicamente como músico. También como gestor cultural.
Durante años formó parte de la Compañía Nacional de Teatro de Venezuela, primero como gerente administrativo y posteriormente como director general. Su incorporación estuvo vinculada al dramaturgo Isaac Chocrón, una de las figuras fundamentales de las artes escénicas venezolanas.
Aquella experiencia le permitió participar directamente en una etapa de extraordinaria efervescencia cultural. Recuerda los festivales internacionales, el auge del movimiento coral, el crecimiento de las artes plásticas, el impulso del teatro y el nacimiento de iniciativas que marcarían para siempre la vida cultural venezolana, como el Sistema Nacional de Orquestas.
Paralelamente desarrolló una intensa actividad musical con el grupo de canto popular Aedos junto a su hermano, organizando ciclos de conciertos y recitales en museos, instituciones culturales y espacios emblemáticos de Caracas.
La nostalgia aparece inevitablemente cuando evoca aquellos años. No como idealización del pasado, sino como reconocimiento de una época que considera especialmente fértil para la creación artística.
El arte frente al olvido
A lo largo de la conversación emerge una constante: la convicción de que la cultura posee una dimensión ética.
Su visión está profundamente influida por la historia griega, marcada por conflictos bélicos, guerras civiles y dictaduras, así como por los poetas y compositores que conoció desde joven, muchos de ellos comprometidos con la libertad y los valores democráticos.
Para él, la creación artística debe actuar como un espacio de encuentro. "Dar esperanza. Todo se puede mejorar si hay cordialidad, hermandad y fraternidad".
Esa idea atraviesa tanto sus canciones como sus proyectos documentales. No se trata únicamente de producir obras nuevas, sino también de rescatar historias que corren el riesgo de desaparecer.
El próximo legado
Lejos de contemplar la jubilación como una retirada, Palamidis vive una etapa de intensa actividad. En los próximos meses prevé lanzar el disco dedicado a Lorca, una selección de nueve canciones interpretadas por músicos y cantantes de Grecia, Venezuela, Colombia y Estados Unidos.
Al mismo tiempo continuará impulsando el documental sobre Alberto Grau, una figura esencial para comprender el desarrollo del movimiento coral venezolano.
Pero quizá la iniciativa más ambiciosa sea otra. Desde hace años trabaja en un documental sobre la historia de los griegos en Venezuela. El proyecto reúne ya cerca de setenta entrevistas y una enorme cantidad de material testimonial.
Más que una investigación histórica, se trata de una obra sobre la memoria migrante. Un intento de conservar las experiencias de quienes construyeron una identidad entre dos orillas. Es, en cierto modo, la misma historia que atraviesa su propia vida.
Una patria hecha de canciones
Una semana separó en Barcelona el homenaje a Alberto Grau y el estreno de Cantares con Duende. No son episodios aislados. Son la expresión de una misma fidelidad: la de quien entiende que la cultura no consiste únicamente en crear obras nuevas, sino también en cuidar la memoria de quienes nos enseñaron a escuchar.
Entre Atenas, Caracas, Los Ángeles, Barcelona y Tarragona, Pantelis Palamidis ha construido una trayectoria difícil de encasillar. Ingeniero y músico. Gestor y compositor. Documentalista y promotor cultural. Pero quizá ninguna de esas definiciones resulte suficiente.
A lo largo de décadas ha convertido la poesía en canción, la migración en memoria y la música en un puente capaz de unir lenguas, generaciones y territorios.
Su obra demuestra que la identidad no es una frontera, sino una conversación permanente entre los lugares que habitamos y aquellos que nunca abandonamos del todo.
Pantelis Palamides ha hecho de la música una patria portátil. Y quizá ese sea hoy su mayor legado: demostrar que el arte puede atravesar fronteras, sobrevivir al exilio y vencer el olvido.
Fotografía y asistencia Josher Hernandez

De izquierda a derecha: Eugenia Fuenmayor (coordinadora en Barcelona), Maestro Alberto Grau, Maestra María Guinand, y Pantelis Palamidis como productor y excoralista

Costa Palamidis, Alkis Kollias, Pantelis Palamidis, Angelina Sanquis, Juan Carlos Márquez en Real Academia de Cataluña

